Un día la voz en mi mente, dormida o quizás acurrucada silenciosa en algún rincón olvidado de la conciencia, volvió a cantar. Tras largos años de gris retiro rompió el mutis para recordarme quien soy (o quien fui), encontrándome de pie al filo de un viejo abismo que ya conocí, y al que no dudaría en volver.
Así me recuerda mi historia, me recuerda mis altibajos y los sueños que sembré en la tierra de mi voluntad, no siempre fértil; pero siempre generosa.
Con nuevo aliento, empieza a cantar:
Cuerdas oscuras atan mis manos
cuando se lanzan audaces
a la indómita caricia de tus sienes.
Oscuras, mismo que aquella noche
en la que bebí el secreto de tu sonrisa
y salté en la fuente sagrada de tus ojos
también oscuros.
De aquella fuente aventuré ansioso,
una y otra vez,
el derrame del agua de fuego
que agita mis motivos.
Más no hay tal agua en aquella fuente,
no hubo ni habrá para mí la miel
que, en fantasía de oculonauta,
me lancé a buscar en la mirada oscura.
Oscuro y helado coloso de hielo,
sin embargo, posado en mi alma,
sólo puedo agradecerte
por encender una vez más,
la llama sanguínea del corazón.